miércoles, 27 de agosto de 2014

Bajo La Misma Estrella - 6 meses después

Hace ya 6 meses que mi gran(y fugaz) amor, Augustus Waters, murió.
El terrible 10 había llegado, y al parecer se había quedado en mi vida. Y jamás lograría librarme de él.
De vez en cuando visito el grupo de apoyo, no para oír las penosas historias que cuentan y sentirme un poco mejor, si no para ver como la gente se va marchitando.
A veces me pregunto: ¿Habrán pasado por lo mismo que yo?
Quizás hubiese alguna chica que tuviese su propio Augustus. Y que visitó Holanda. Y que está obsesionada con un libro que tiene un autor demasiado idiota.
Los días pasan y mi depresión crece sin remedio. Hace días que no salgo de mi habitación.
Me gustaría ir a visitar a Augustus algún día al cementerio, llevarle un tulipán naranja y contarle como va todo. Isaac se mudó a Nueva York hace 5 meses, creo, así que los únicos "amigos" que me quedan son mis padres.
Mi madre va a cursillos de muchísimas cosas cada día, y mi padre va de vez en cuando a pescar los domingos. Mientras tanto, yo, me quedo en casa, mirando mi correo por si Van Houten me enviaba algo.
Hoy, a las cinco de la tarde, mis padres entran en mi habitación. Parecen enfadados. Mi padre abre la ventana y mi madre me obliga a levantarme de la cama.
- ¿Qué pasa...? ¿He muerto...?
- Vamos a ir a dar un paseo.
- No quiero...- digo, tapándome con las sábanas hasta el cuello.
- Venga, vamos.
- ¡No quiero!
Mi padre me levanta de la cama y tira de mí, arrancándome sin querer la cánula.
- Que bien. Quitarme mi única forma de respirar es muy buena manera de animarme.
- Vístete.
Me pongo el vestido negro que llevé al funeral de Gus y me peino un poco. Siempre llevo las cartas que Peter me dio conmigo. Las cartas que Gus le envió.
Cada día que pasa el dolor aumenta y me cuesta más caminar, así que mis padres me adelantan un poco y me obligo a mi misma a ir mas despacio. Mis pulmones no funcionan, lo sé.
Hemos recorrido 3 manzanas, creo.
Al llegar a cierto sitio me paro y giro la cabeza hacia la derecha. Puedo ver el jardín de esa casa. Imposible.
Observo, sin apenas respirar, unos columpios desgastados, algo oxidados, con parte de su pintura roja cayéndose. Pero aun tienen cierto encanto, y pueden aguantar varios años más. Son nuestros columpios.
Me imagino a mí y a Gus en ellos, charlando y riendo.
Pero todo eso desaparece al notar un fuerte ardor en el pecho. Empiezo a toser y a toser. Me siento débil de repente, así que caigo de rodillas al suelo. Dios santo, como me duele. Mis padres se dan cuenta cuando me oyen gritar y vienen corriendo.
Llorar. Gritar. Siento como si una granada explotase en mi interior. "Granada"
Todo pasa tan rápido. Primero veo a mi padre cogiéndome en brazos. Todo está borroso.
Luego, el techo blanco de una ambulancia, la cual va tan rápido que hace que bote un poco en la camilla.
Y por fin, el techo de una habitación del hospital.
Oh, no. Un hospital no, por favor.
Mi madre, la cual está sentada a mi lado, me coge la mano y sonríe.
- ¿Que...?
- Llevas días durmiendo. ¿Cómo te encuentras?
¿Que como me encuentro? Como si me clavasen cuchillos en la cabeza.
- Bien... ¿Qué ha pasado...?
- Aun no nos lo han dicho.- mi madre aprieta los labios.- Tu descansa, ¿vale?
- Vale...- mi madre se va de la habitación y me quedo sola. Tengo un montón de cables pegados al cuerpo, además de una mascarilla de oxígeno.
Tomo todo el aire que puedo y me quito la mascarilla y los cables. Una máquina, que antes medía mis latidos, suelta un pitido muy agudo.
Observo un poco la habitación hasta que me fijo en algo de una estantería. Voy hasta allí, tropezando, me estiro y lo cojo. Es una carpeta.
Vuelvo a la cama rápidamente con ella y me pongo la mascarilla. Escondo la carpeta debajo de mis piernas.
Los médicos, y mis padres, entran corriendo. Me echan una buena bronca, de la cual no escucho nada.
Les prometo que no lo volveré a hacer si se van esa noche a casa. Dudan un poco, pero al final aceptan.
Tienen que descansar un poco. Lo más horrible no es tener cáncer, sino tener un hijo con cáncer.
Cuando me quedo sola abro la carpeta. Lo primero que hay son dos fotos, bastantes grandes, de mí, dormida. Tengo la cara muy hinchada, morada. ¿Es esa la chica de la que se enamoró Augustus? No, ni de lejos.
Luego, papeles, papeles y más papeles que no me molesto en leer. Y al final, una radiografía de todo mi cuerpo. Abro los ojos cuando veo que hay blanco por todas partes. Se supone que solo debería haberlo en mis pulmones, ¿qué narices es esto? Hombros, hígado, estómago... Todo. Todo está lleno.
Mi madre me mintió. Me muero.
Cierro la carpeta entre lágrimas y me duermo.
Despierto sobre las doce de la noche. Veo que alguien ha dejado sobre mi mesita de noche "Un dolor Imperial". Verlo me hace sonreír. Mi primera sonrisa en meses.
Hay alguien mirando por la ventana. Cuando se gira veo que es guapísimo. Y que tiene una pierna ortopédica. Pero aun así conserva todo su encanto.
Gus me sigue mirando con su sonrisa de siempre. Como el primer día.
- ¿Me has echado de menos, Hazel Grace?
- Claro que sí.- sonrío.- ¿Crees que podremos alargar nuestro infinito?
- Nuestro infinito siempre será infinito.- se ríe.- ¿Estás lista?
- Bueno, ya sabes que el cáncer afecta a unos más tarde que a otros.- me limpio una lágrima y asiento.
Me coge de la mano y me abraza. Y así, ascendemos juntos hacia el cielo. Sin la cánula. Sin la pierna ortopédica. Sin cáncer. Sin nada. Solo agarrados de la mano.
- ¿Aun tienes miedo a volar?- Gus está un poco nervioso mientras mira hacia abajo.
- Un... poco.
- Pues no me sueltes, así no te caerás.- sonrío.- ¿Vale?
- Vale.

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